Historias

Arturo Dell’Oro González: un héroe desconocido de los vallenarinos

Arturo Dell’Oro González: un héroe desconocido de los vallenarinos

Cuando yo era un niño en Vallenar, subíamos a la aviación (el Aeródromo) a ver llegar y partir el avión diario de LAN Chile.

Me llamaba la atención, entre muchas cosas una estatua de un cóndor remontándose al infinito con una placa de bronce que decía “en memoria de Arturo Dell’Oro González”

Eso es lo que me acuerdo, probablemente habría más palabras y si le da mi escrito una inquietud, vayan y lean lo que allí dice.   Y me cuentan después.

Vallenarino de padre Italiano, partió a Europa, Italia a buscar su destino y después de estudiar mecánica y aeronáutica pasó a ser  sargento piloto y se le asignó una posición en el frente Austriaco. Dell’Oro en Septiembre de 1917 estaba ubicado en la base aérea cerca de Belluno, en Mestre, y también de la frontera Austriaca, con aviones Nieuport 12 de la Segunda Sección de la Escuadrilla 83 de la Fuerza Aérea Italiana.

Mestre queda cerca de Venecia

Esto es parte relato y parte imaginación pues tiene de ambos. Una triste pero heroica realidad para la gente de my ciudad. Los que ni siquiera saben quien fue este héroe Vallenarino.

Los aviones contra los cuales volaban las escuadrillas Italianas eran biplanos Austriacos  de manufactura Alemana, Albatros F2, no les aburro demasiado pero aquí van unas someras características técnicas.

El avión era fabricado en Alemania en Johannistal, Berlín por la  Compañía Flugzeugwerke, los fundadores de la compañía fueron Walther Huth y Otto Wiener el año de 1909. La compañía produjo cientos de aviones, cada vez mejores y en la segunda guerra mundial se unió a otra productora de aeronaves y crearon uno de los aviones más temidos, el Fokke Wulff o FW.  Era una versión modificada de un avión Frances, el biplano Farman III, de ahí el nombre de  F2, este aeroplano tenía un motor en línea en vez de un motor rotativo como el avión Neiuport.

Los dos aviones no alcanzaban velocidades de más de 140 kilómetros por hora, y eran lentos en tomar altura.

Y difíciles de atacarse entre ellos pues había que llegar mas o menos  cerca para disparar las Vickers de uno y las ametralladoras Spandau de los Austriacos y por cerca me refiero a unos 600 metros mas o menos ya que las ametralladoras de ambos lados no eran muy efectivas o certeras, pueden imaginarse disparar con la vibración del avión teniendo como mira un circulo con una cruz al final del cañón.

Eran solo segundos que se tenía al enemigo en la mira, era más que nada suerte el poder derribar a un avión con las armas de esa época.  Mas aviones caían con el fuego de las baterías anti aéreas.

Estas ametralladoras solían trabarse a menudo cuando se sobrecalentaban, cuando con el frío de los cinco mil metros les congelaba la grasa lubricante de los mecanismos de disparo y los cartuchos, que en esa época no eran producidos tan precisos como hoy se doblaban en la brecha de disparo o se expandían demasiado y  cerraban los contactos.

Aun así, las perdidas de ambos bandos eran numerosas y pilotos no había en gran cantidad.

Habiendo llegado desde Chile en 1915 para participar en la guerra fue asignado como mecánico aéreo de la base aérea de San Giuliano de Pisa

En ella fue conocido como buen mecánico y después de reparar el daño a los motores  subía con los tenientes y capitanes a hacer vuelos de prueba.

Muchas veces estos oficiales le dejaban manejar la aeronave y le daban clases de vuelo y en estos comprobaron los aviadores que Arturo era un “Natural” para el vuelo, dejándole muchas veces salir después de las reparaciones en vuelo solo, como piloto mecánico.

Tenia un teniente amigo, Claudio Logaglio , de una familia adinerada del lago de Cuomo quien le sirvió de apoderado el día en que le graduaron de Sargento de vuelo y le asignaron su aeronave y los trasladaron al aeropuerto de Mestre, a unos kilómetros al nor-oeste de Venecia, los sub oficiales no podían lograr el titulo de oficial, debido a regulaciones pues el era voluntario y no había pasado por una escuela de oficiales, lo que a Dell’Oro no le molestaba para nada, lo que el quería hacer era volar.

Dell’Oro  desde entonces volaba de pareja de Logaglio en sus salidas a atacar (se llama en Ingles Wingman) ya sea globos de observación u otros aviones  de  espionaje del enemigo.

Estos globos eran inflado por Hidrógeno, gas no combustible a menos que se mezclara con  oxigeno en un porcentaje especifico, estaba amarrado al suelo con u cable con una polea y tenia una canastilla de observación como la de un buque  donde habían dos soldados con binoculares que miraba el movimiento de tropas Italianas y los reportaban en mensajes de papel (no tenían radio estos observadores) a las tropas Austriacas para hacer ataques de cañones y de aviones también.

Varias veces después de remontar vuelo vieron a lo lejos estos Globos y los atacaron con sus ametralladoras, los defensores enemigos tenian cañones antia-areos que no eran muy efectivos y casi siempre los globos terminaban  o desinflándose todos agujereados o explotando con las balas trazadoras de las aeronaves cuando se mezclaba el hidrógeno con el aire y se producía la formula exacta para que reaccionara la mezcla con las balas de fósforo  (trazadoras)

A veces también las defensas eran efectuadas con aviones de guerra y se perdían vidas y aeronaves por los dos lados.

El frío de las mañanas en esos inviernos era de tres grados y no había manera de mantenerse abrigado, las frazadas no daba nada de calor y el viento se metía por las ventanas y las puertas de las tiendas de campana que formaban la base aérea de Mestre.

En esos fríos meses de invierno pensaba Arturo en su calido terruño de Vallenar donde en Septiembre ya era primavera y habría Añañucas en las faldas de las quebradas y colinas de la zona.

Había pasado ya dos inviernos desde que el había llegado desde Valparaíso en un Vapor de la Pacific Steam Navigation Company, un vapor que le llevó al Canal de Panamá donde hizo un trasborde  a un navío Italiano navegando a Trieste, después Genova y de allí por tierra a Adoba y finalmente Mestre.

Al Nor-Este de Mestre estaban la montanas y la frontera Austriaca, el pueblo de Lienz y de Steinfeld donde estaban las bases aereas de las Jadstaffels(escuadrillas) de la Fuerza Aérea Austriaca.

En las mañanas de verano no había problema en levantarse, con temperaturas calidas y agradables, eran las mañanas de invierno, tres largos meses en que solo se levantaba cuando su ayudante le traía una tazona de café capuccino, con mucha azucar y rodeado de una barra de chocolate y tres pedazos de biscotti.

Calzoncillos de seda largos, encima otros de algodón, encima otros de franela y los pantalones del uniforme eran la indumentario de la cintura para abajo, en la parte superior dos camisetas de algodón, una de lana, la camisa del uniforme, un sweater de lana con cuello alto y una chaqueta de cuero de oveja y guantes del mismo material.   Las botas de vuelo eran también de cuero de oveja

Mas encima un casco de cuero con anteojos grandes y la bufanda de la escuadrilla completaban su indumentaria, en verano y en invierno, pues a 5,000 metros de altura hace frío en cualquiera estación.

No se tomaba café ni se comía mucho antes de los vuelos, pues con toda esa indumentaria era difícil de hacer algo en las alturas, como bajarse el marrueco (se pueden Uds. imaginar)  más de algún piloto joven e inexperimentado había bajado con los pantalones todos mojados.

Y de comer…muy poco….. pues si la comida producía gases estos tendían a expandirse en las alturas y causar un dolor gástrico grande a los pilotos.

Encima de esto los motores eran lubricados con aceite de castor, y como el aire del escape pasaba cerca de los pilotos esa tenia un efecto en sus estómagos que no era muy agradable tampoco.   Y lo único que podía solucionar el problema de un estomago frágil era una fuerte dosis de grapa al aterrizar.   Las diarreas se calmaban con el licor.

Y de miedo, todos los pilotos lo tenían aunque lo ocultaban muy bien, con bravura.   Arturo no sabía si iba a regresar después de las salidas diarias, y así todas las tardes al regresar y cambiarse a un uniforme se tomaban todos los pilotos unos grandes vasos de la mejor Grapa enviada desde los pueblos cercanos, de esa de la mejor.

La que no era mejor que el Aguardiente pensaba  Arturo.

Volaban todos los días, a veces sin respiro, solo regresaban cuando estaban cortos de combustible o con averías serias, se reparaban los agujeros de las balas, se llenaban los estanques y a volar de nuevo

Dos o tres salidas por día a veces cuatro o más.   Rendidos sólo bajaban del avión para ir al baño, tomar varios spressos  y comer algo de chocolate y partir de nuevo.

Se peleaba desde los primeros días de 1914 y además de atacar, los aviones eran equipados con cámaras fotográficas para obtener una clara vista de las posiciones del enemigo

Las pérdidas por ambos lados de aviones y pilotos eran grandes, nadie tenía paracaídas, no se habían inventado aun.   Y con una aeronave llena de agujeros en las telas de las alas, o con los neumáticos reventados por balas

Era difícil aterrizar sin serios daños a los pilotos o a los aviones.

En Agosto de 1917 habían llegado ordenes del alto comando Aéreo que los pilotos deberían estar listo para volar desde las seis de la mañana  hasta el obscurecer,  y durante el resto del día una hora de vuelo y una de descanso, “ para impedir a toda costa” la presencia de aviones de espionaje  del enemigo.

Todo el escuadrón estaba en el aire  casi todo el día, lo que tenía a los pilotos cansados  y con falta de concentración al final de los combates.

Tenía que concentrarse Mucho Arturo para no cometer los errores de los pilotos sin experiencia, “no fijes la mirada en un punto de tierra o en cualquier objeto” y así continuaba mirando a izquierda y derecha, de arriba abajo cono todos los pilotos veteranos lo hacían.

A pesar de toda su concentración a veces pensaba en Carmella De Vincenzo, su esposa  en el pueblo de Mestre quien estaba encinta con su primer bebé.

A veces los austriacos hacían volar a un avión lento.   Mas lento  que los F2 y lo usaban como carnada, para que los Italianos le atacaran sin pensar que era una trampa y así descendían los  F2 que estaban escondidos en las nubes  y con el sol detrás, se perdieron muchos pilotos de las escuadrillas Italianas, hasta que tomando nota del truco, ellos comenzaron a hacer lo mismo y más aviones cayeron en llamas sobre los campos de batalla.

Pero la orden de continuar la vigilancia continuaba, y apenas clareaba y se disipaba la niebla de las mañanas ya estaban los aviones en el aire.

Esa mañana del 1 de septiembre de 1917, el capitán Logaglio no estaba en el escuadrón preparándose a volar pues había sido herido el día anterior y al aterrizar de emergencia casi había destruido el avión.

Así es que solo se elevó de la pista hacia las nubes en lontananza, eran cúmulo Nimbus, para tratar de volar dentro de la nube ganando altura con los vientos  ascendentes dentro de la misma,

Eso le daba la ventaja de poder ver al enemigo con el sol a la espalda suya y así el piloto enemigo no le vería pues el sol le daría justo en los ojos.

Arturo podía ver las tropas Italianas moviéndose hacia el frente de combate.

En varios batallones y con nuevas piezas de artillería y camiones de municiones junto con las ambulancias respectivas.

Era por eso de las órdenes del Alto mando de detener a los aviones espías.   No podían dejar saber al enemigo de los refuerzos que venían en camino al ó

Probó sus ametralladoras las que dispararon bien y se dedicó ya entonces del todo al vuelo de reconocimiento.  Vuelo de patrulla se le llamaba, era un cuadrado trazado en el cielo.

Veía en la distancia a otro de los aviones de su grupo, en pares ellos, y el solo.

Estaba sobrevolando la Ciudad de Belluno, capital de la provincia de Belluno, cerca de las montanas.

En uno de los giros, y con un frío grande ya, pudo ver algo como un pájaro debajo y a la izquierda de su aeronave, pero no era un pájaro, era uno de los aviones de reconocimiento Austriacos pasando la frontera y en línea directa al camino de las tropas que seguían avanzando, las que obviamente podía ver y reportar cuando volviera a su base en Lienz

Descendió rápidamente, con el sol tras de el y a seiscientos metros del otro avión  quiso abrir fuego con las ametralladoras, no pasó nada, las ametralladoras se trabaron.….

El piloto del avión  Albatros Austriaco no le había visto pues probablemente estaba  fotografiando las tropas y no había tomado acción evasiva, seguía aun volando a nivel.  Sin percatarse del peligro que se le venia encima

¿Que hacer? las órdenes eran claras, “detener a toda costa” al enemigo.

En picada  se lanzó Arturo Dell’Oro contra el avión Austriaco. Los dos aviones cayeron en llamas en un campo al lado de la Ciudad de Belluno al frente de cientos de espectadores

El 3 de Enero de 1918 se le entregó póstumamente la Medalla de Oro al Valor Militar del Gobierno Italiano. El Aeródromo de Belluno y el de la Base aérea San Giusto di Pisa  llevan el nombre de Arturo Dell’Oro

Existe en Valparaíso, en la Avenida Francia, la Scuola Italiana Arturo Dell‘Oro. Y en Vallenar sólo existe ese monumento a este, nuestro olvidado héroe. Porque no cambiarle, si es que lo tiene, el nombre al Aeródromo?

A ver si el 1° de Septiembre alguien le pone una corona a nombre de  todos los Vallenarinos.

Es posible que el hijo del Sargento Dell’Oro fuese piloto de la Fuerza Aėrea Italiana en la segunda guerra mundial en la campaña de África en 1940 a 1943.

Ya que existe en los récords oficiales el nombre del Capitán Antonio Dell’Oro.

El Capitán Antonio Dell’Oro era Comandante de la Escuadrilla 159 de bombarderos Breda Ba 65 A 80 basados en Tobruk y participó en muchos ataques a las fuerzas aliadas en el Norte de Africa. Bu Amud, El Alamein, Burg el Arab, Tobruk, Benghazi, Berk, El Adem etc.

Y esa es otra historia.

Cuando los aviones de la Fuerza Aérea  de la Base del Bosque (Alfėreces)  hacen su viaje al Norte de Chile, si aún lo hacen  como en la época en que yo era cadete, a lo mejor deberían hacer un saludo oficial en el monumento, una corona, una formación de vuelo, algo para valorar a nuestro desconocido héroe.

Han pasado ya 95 años de su muerte y me he acordado hoy.

Somerset Paul Parker Alday ( Cuco), Vallenarino de corazón

Hijo de James Parker y Gloria Alday

Nieto de Don Romelio Alday Acevedo y Catalina Reygadas Varas

 

La Batalla del pan duro

La Batalla del pan duro

El gobierno del presidente Manuel Montt se había iniciado con una Revolución en el sur del país, acaudillada por el general Cruz, que había sido su rival en las elecciones presidenciales.
Este movimiento fue secundado por la ciudad de La Serena, desde donde vino al Huasco el capitán Las Casas a levantar esta región en contra del presidente de Chile.
El pueblo de Freirina apoyó en sus pretensiones al Capitán Las Casas, pero no así Vallenar, donde dominaba el Coronel Fáez, desde su puesto de Gobernador.
Informa don Luis Joaquín Morales que las milicia de los pueblos de Vallenar y Freirina sostuvieron -con tal motivo- un tiroteo  en Quebrada Honda, simulacro queha pasado a la historia con el nombre pintoresco de "BATALLA DEL PAN DURO", "porque esto y no otra cosa debió haber sido la mortífera munición de sus fusiles de "chispa".
La desembozada intervención del presidente en las elecciones parlamentarias del mismo año, sus arbitrariedades, el régimen represivo que desplegó, y los desmanes perpetrados por los esbirros de la dictadura, provocaron el movimeineto revolucionario conocido como0 Revolución Constituyente, encabezado por Pedro León gallo.
En su historia regional don Joaquín Morales nos narra, que el célebre caudillo copiapino, acompañado de algunos amigos y de veinte socios del Club de Obreros, se apoderó del Cuartel y de la Cárcel Pública de Copiapó, iniciando la revolución.

Fuente: Historia del Valle del Huasco, Juan Ramos Álvarez

Foto: Copiapó

La historia del Gigante de Pinte

La historia del Gigante de Pinte

A principios del siglo XX nació en Pinte Benjamín Herrera Campillay, quien sería conocido como "El Gigante de Pinte". Sus padres humildes artesanos, por cuyas venas corría sangre diaguita.
No pasaba inadvertido. Sus dos metros y 46 centímetros lo transformaron en el hombre de mayor estatura que recuerde la historia étnica de nuestro país, quizás sólo comparable con los "Patagones" al sur de Chile, cuyos cronistas los describieron como hombres que bordeaban los dos metros de altura.
Siempre sobresalió al resto de sus compañeros de juegos infantiles y aunque pequeño trabajó la tierra en labores agrícolas y de pastoreo. Su estatura lo convirtió en un joven mas bien lento para el trabajo.
Cuando alcanzó la adolescencia su familia se traslada a Vallenar. No había calzado que cubriera sus pies de allí que le fabricaban unas especies de ojotas de cuero. Su vestimenta de algodón era confeccionada exclusivamente para él por sus madre y sus hermanas. Empleaban varios metros de tela para hacer sus pantalones y camisas. Cubría su cabeza con un sombrero de paja y llevaba siempre al cuello gastado pañuelo de seda de tono gris. De largos brazos y grandes manos.
La creencia popular señala que era capaz de derribar un burro con un solo violento golpe de puño. O levantar simultánealmente  en cada brazo a un hombre entre los 60 y 70m kilos de peso. Pero no era así, pues Benjanmín pese a su gigantismo era un hombre retraído y físicamente débil.
Sufría de acromegalia, enfermedad  que lo afectó desde muy niño hasta que este mal le provocó la muerte siendo muy joven, pues nunca tuvo una alimentacion adecuada. De lo contrario, probablemente hubiese sido mucho más alto y de contextura robusta. Su estatura nunca le fue favorable, siempre permaneció recluido en su hogar. las veces que salía a recorrer las calles era objeto de atracción. Decenas de niños le seguían para observar sus lentos pero largos pasos.
Lamentáblemente, el hambre que padeció lo fue debilitando día a día. Hasta que llegó el momento en que no tuvo fuerza suficiente para ponerse de pie. Tempranamente estaba acabado. Murió joven, probablemente a los 25 años años de edad.
El ataud de rústica madera fue confeccionado especialmenmte para él por carpinteros vallenarinos.  Sus restos yacen hoy en el cementerio de Vallenar. Después de su muerte se tejieron una serie de leyendas las que más que ajustarse a la realidad surgieron como algo propio de la creencia popular.
Lo cierto es que la vida de Benjamín, dista mucho que desear a la de un cuento de hadas pues nunca conoció la felicidad.

 

Fuente: Nancy Mendoza

Leyenda de la Añañuca

Leyenda de la Añañuca

En el desierto nortino de Atacama  la naturaleza regala cada primavera a esta tierra generosa, el más hermoso tapiz que pueda imaginarse. Allí, donde las ardientes arenas queman los pies al viajero y los cerros abruptos y secos sólo parecen guardar las enormes riquezas de sus minerales, Atacama se cubre de flores. Entre las piedras, en las laderas de los cerros,  los cactos se yerguen cual soldados vigilantes. En los candentes arenales, aparecen miles de flores. El desierto pierde su tonalidad gris y una hermosa alfombra multicolor se extiende por doquier: azulillos, patitos, capachitos, lirios silvestres  y añañucas rojas y amarillas dan un aspecto irreal al paisaje entre las ciudades de Copiapó y La Serena.

¿Cómo surgieron y se mantienen  esas flores si en esas regiones no hay lluvias? ¿Cómo se mantienen las semillas tras años y años de intensa sequía? La ciencia puede darnos respuestas. El pueblo contesta con leyendas.

EL AMOR

Según una antigua leyenda atacameña, cuando la expedición de soldados al  mando de Diego de Almagro, entró a Chile por el valle de Copiapó, siguió al sur y llegó a un caserío indígena ubicado al norte de la que más tarde sería la  hermosa ciudad de La Serena.  Allí acampó unos días, reconociendo el terreno. Luego siguió más al sur. Pero en ese caserío había una linda indiecita y un soldado español se quedó con ella. Más tarde, al regresar la expedición que volvía derrotada, por no haber encontrado la riqueza que esperaban, el soldado recibió la orden de  retornar con los suyos y debió reintegrarse a su grupo. Mucho lloró la indiecita, suplicando a su amado que no se fuera, o que la llevase con él, pero los severos reglamentos de los soldados no se lo permitían.

LA SEPARACION

Una mañana vestida de niebla, el ejército español partió hacia el norte. La indiecita  decidió seguir a su amado y partió a pie tras la caravana que se lo llevaba. Caminó y caminó  por cerros y pedregales, siguiendo las huellas  que dejaban los caballos en los abruptos senderos. Pero la caravana se alejaba más y más.

La indiecita continuó por el desierto, sintiendo al mediodía los ardientes rayos del sol que quemaban su espalda desnuda, y en la noche, los filudos dientes del frío que mordían su cuerpo sin piedad. Al amanecer, el espeso velo de la blanca niebla cubría el valle, los cerros y las quebradas, impidiéndole seguir el rastro de su amado.

Quemantes lágrimas bañaban su rostro, mientras sus pies destrozados teñían de sangre el camino del desierto.

La sed, el cansancio, la pena y la fatiga, fueron minando la resistencia de la indiecita, quien totalmente perdido el rastro de la caravana, caminaba y caminaba, mientras sus lágrimas regaban las arenas sedientas.

Pasó un día, luego otro y otro... Finalmente, cuando las sombras de una noche tendían su oscuro manto de fatiga, cayó sin poder levantarse... El viento frío levantó remolinos de arena, que piadosa, fue cubriendo su cuerpo hasta taparla totalmente. Arriba el cielo encendió miles de estrellas para velar su sueño eterno.

SANGRE Y LAGRIMAS

Al  día siguiente, la naturaleza queriendo perpetuar la memoria de esta indiecita que murió por su amado, hizo brotar miles de flores rojas y amarillas. Brotaron rojas allí donde cayó su sangre. Y fueron amarillas donde cayeron sus lágrimas.

Desde entonces, todos los años, al llegar el mes de septiembre, añañucas rojas y amarillas, vuelven a florecer, cual milagro entre los cactos, los riscos y en todo el desierto atacameño.



Leyenda: Gentileza de la educadora y escritora, Gioconda Castillo Villalón, Vallenar.

Esta leyenda también se encuentra en el libro “Me lo contó un  abuelito”, escrito por la profesora y escritora mencionada.

Sorprendente hallazgo en torno a los diaguitas

 Sorprendente hallazgo en torno a los diaguitas

A partir del viernes 15 de julio estará disponible el libro que trae los más recientes aportes en torno a la Cultura Diaguita.
Este libro llamado “Culturas Surandinas, Huarpes y Diaguitas”, reúne las ponencias presentadas por los estudiosos más importantes de Chile y Argentina en torno al tema en el Congreso Binacional Raíces de Etnicidad, realizado en La Serena, Vicuña y Paihuano en marzo de 2009. Este libro es publicado por la Sociedad de Creación y Acciones Literarias de la Región de Coquimbo (SALC); cuenta con el financiamiento del Gobierno Regional y de la Librería Macondo; también, tiene el patrocinio del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de la Región de Coquimbo (CNCA). El libro estuvo a cargo de su edición un equipo editorial encabezado por el poeta Arturo Volantines, Catherine Trigo, Miriam Marín y Natalia González Oróstigue.

El texto contiene un prólogo de varias páginas consensuado por la Comisión Organizadora de dicho congreso, compuesta por: Patricio Cerda Carrillo, Gastón Castillo Gómez, Fernando Graña Pezoa, Rodrigo Iribarren y Arturo Volantines, que en lo fundamental indica: que era un viejo anhelo que se no se había podido concretar por diferentes circunstancias y coyunturas difíciles de vencer. Además, contiene una presentación de Arturo Volantines que en lo sustancial señala: “En el marco del “Congreso Binacional de Etnicidad, Chile-Argentina” (marzo, 2009), realizado en localidades del Valle de Elqui (Coquimbo, Chile), se provocó un diálogo surandino y se profundizó en las raíces de estos dos países. Este texto reúne ese diálogo de etnicidad; más fluido de lo esperado y más cercano: del mejor tejido de la misma cordillera. Y es zancada en el desenredo de estas culturas. Este texto entonces trae nuevos aportes, visiones y mayores conocimientos; es develo a viejas y nuevas confusiones; es notorio el avance en la desmitificación y en el estudio de la llamada “cultura diaguita”. Se trata de un libro asociativo, alumbrativo del patrimonio binacional y de las raíces comunes, para que muchos sectores impasibles de la sociedad no se adormezcan al respeto o, a lo menos, desasosiéguense, se encuentren en lo inmediato. Son los rostros invisibles de los diaguitas, collas, changos, huarpes, capayanes, yacampis que buscan encontrarse o ser encontrados, ya que subyace la necesidad profunda de recobrar el ser, de autodeterminarse aunque sea desde los vestigios, en la memoria y en los que reclaman ser de esta substancia; recobrar el derecho a reconstruirse, a ser parte propia y libre asociada del mosaico americano desde antes y desde luego”.

El libro contiene 14 artículos: “Una cordillera que separa, la historia que nos une”, Jorge Pinto Rodríguez; “Diaguitas Arqueológicos y Diaguitas Etnohistóricos, una aproximación a la problemática étnica del Valle de Elqui”, Gastón Castillo Gómez; “Reflexiones sobre la identidad Diaguita” Eduardo Téllez Lúgaro; “Los indígenas de la Villa San Isidro de Vicuña durante el siglo el siglo XIX. Aproximaciones locales a su historia”, Fernando Graña Pezoa; “Diaguitas chilenos del pasado y del presente”, Gonzalo Ampuero Brito; “Indígenas en la Región de Coquimbo. Sujeción, invisibilización, reconstrucción de la identidad”, Carlos Ruíz Rodríguez; “Etnicidad, mestizajes y castas en el valle del río Limarí. Siglo XVIII”, Patricio Cerda Carrillo; “Continuidad, disfraz y ocultamiento de la raigambre indígena, Valle de Limarí. Siglo XIX”, Guillermo Pizarro Vega; “De indios de instancia a Comunidad Agrícola: los derroteros históricos del pueblo de Valle Hermoso, 1650-1950”, Milton Godoy Orellana/ Hugo Contreras Cruces; “Paltata Entyu: ofrendas para cruzar la cordillera”, Catalina Teresa Michieli; “Identidad y territorio del pueblo Huarpe”, Olga Rodríguez; “La reinstalación Huarpe en las lagunas de Huanacache, después del despoblamiento inicial”, Daniel Arias; “La emergencia de los pueblos originarios en San Juan y su incidencia en el Sistema Educativo”, José Casas/ Silvia Lucero; “La situación de los pueblos originarios hoy”; Víctor Montaño.

En su portada una fotografía que retrata a la cuñada y la esposa del Cacique Huraman de Tucapel, Chile. Dicha fotografía es atribuida a Emilio Chaigneau, corresponde a la Comisión Científica del Pacífico (1862-1866); Fondo Marcos Jiménez de la Espada de la Biblioteca General de Humanidades del CSIC; Madrid, España. Está previsto que el libro será lanzado la próxima semana en la cuidad de La Serena con la presencia de altas autoridades regionales, representantes del mundo de la cultura, co-autores del libro y especialmente representantes de Argentina, tanto de autoridades como de participantes del libro.

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